jueves, 1 de julio de 2010

La Piedra que dió cobijo a la Rosa




Ella era una más del jardín. Era la más lozana. Su color era como el de la sangre y llamaba la atención. Todos los ojos la contemplaban. Las palabras más afectuosas y bellas eran para la Rosa esplendorosa.
Nunca le dio importancia a las otras flores que tenía a su alrededor. Ella coqueteaba con las abejas. Llamaba la atención de las moscas.
Se erguía cuando alguna mariposa era llevada por la fuerza del viento, y  por el aroma que desprendía la Rosa. El olor de su juventud llegaba a todos los rincones. Era vanidosa, la más engreída y orgullosa. Se jactaba de su belleza despreciando a las demás flores. No conocía la humildad, o tal sí conocía pero olvidó la virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades. Ella obraba como si fuera la más sabia, y sólo ella tuviera acceso a todo tipo de conocimientos. Nunca se percató que la belleza es efímera, y que ella también se deterioraría.
Llegó el día en que perdió todo su atractivo.
Comenzó a sentir la soledad.
Su lozanía, su jovialidad, se fue evaporando y con ello sus pétalos se marchitaban y en su piel le salían manchas que le afeaban.
Habiéndose portado tan mal con sus vecinas y compañeras del jardín, no se atrevió a pedir consuelo.
Una piedra fría y de corazón duro la dejó que se refugiara en una de sus rendijas hasta que le llegó la hora de la partida.